Primero descarta, después elige
El error de partida más común es empezar buscando el nombre perfecto entre miles. Es agotador y no lleva a ningún sitio: con cinco mil opciones, cualquier lista de favoritos es arbitraria. Funciona mucho mejor al revés — fijar primero dos o tres criterios que sí son innegociables para vosotros y dejar que el catálogo se reduzca solo.
Los criterios de descarte útiles suelen ser pocos y muy concretos: que no se repita con alguien cercano de la familia, que no comparta inicial con un hermano si eso os molesta, que tenga una longitud determinada al lado de vuestros apellidos, o que se pueda pronunciar sin explicaciones en el país donde vais a vivir. Tres criterios de este tipo pueden dejar una lista de doscientos nombres en veinte, y a partir de veinte ya se puede decidir con la cabeza.
Los cinco filtros que conviene pasar antes de comprometerse
- Dilo en voz alta, completo y varias veces. Nombre y apellidos seguidos, como lo dirá una profesora pasando lista. Muchos nombres preciosos sobre el papel se traban al decirlos con el primer apellido.
- Escribe las iniciales juntas. Es un chequeo de diez segundos que se hace casi siempre demasiado tarde: hay combinaciones que forman palabras que el niño escuchará durante años.
- Piensa en el diminutivo, no en el nombre. En la vida diaria casi nadie usa el nombre completo. Si el diminutivo natural no os gusta, ese es el nombre real que vais a oír.
- Búscalo. Comprueba que no coincide con un personaje muy marcado, con una marca conocida o con algo desafortunado en el idioma de la otra rama de la familia.
- Espera una semana antes de darlo por bueno. Los nombres que solo gustan por novedad se caen solos en unos días; los que siguen gustando después de ese tiempo suelen aguantar.
Lo que pesa menos de lo que parece
Hay dos criterios que ocupan muchísimo espacio en las conversaciones y luego resultan poco decisivos. El primero es el significado etimológico. Es un dato bonito y a menudo es lo que enamora de un nombre, pero conviene tener presente que la práctica totalidad de las personas que llamen a tu hijo por su nombre no sabrán nunca ese significado. Elegir un nombre que no os gusta cómo suena porque significa algo precioso suele salir mal.
El segundo es la opinión de la familia extensa. Pedir opinión antes de decidir casi garantiza discusión: un nombre le recuerda a alguien a una compañera de trabajo insoportable, otro le parece raro a una abuela. La forma que menos fricción genera es decidirlo entre las dos personas que van a criar al niño y comunicarlo cuando ya está decidido, no consultarlo.
Cuando no hay acuerdo entre los dos
Es lo más habitual, y no se resuelve discutiendo sobre el nombre favorito de cada uno, porque eso convierte la decisión en una competición. Funciona mejor invertir el mecanismo: cada uno propone una lista y el otro solo puede vetar, sin justificar. Lo que sobreviva a los dos vetos es terreno común de verdad.
Si aun así no sale nada, suele ser señal de que los criterios de fondo son distintos —uno busca algo poco común y el otro algo familiar, por ejemplo— y esa es la conversación que hay que tener, no la de los nombres concretos. Y siempre queda el nombre compuesto, que es exactamente la solución que la tradición hispana lleva siglos usando para este problema.
Un apunte sobre el registro
Los requisitos legales para inscribir un nombre varían de un país a otro y cambian con el tiempo, así que lo único sensato es comprobarlo en el registro civil que os corresponda antes de dar nada por hecho. Como orientación general, en la mayoría de países hispanohablantes el margen es amplio y los rechazos son excepcionales, reservados a nombres que puedan resultar objetivamente perjudiciales para la persona.
Si el nombre lleva tilde, ñ, o una grafía poco habitual, merece la pena confirmar cómo va a quedar escrito exactamente en la inscripción: es lo que después arrastrarán el pasaporte y todos los documentos.